#AntiModa, Mi experiencia

Reconciliación en rosa chicle

Fui criada en un entorno que me decía que ganarse el Kino y darse la vida del oso no estaba bien, que había que batírselas solo sin depender de nadie, un padre huraño que nos forjó el carácter como mujeres sumamente independientes, obligadas a debatir y argumentar para ganar, nada de “princesismos” ni niñitas ojos de papá; mujeres rudas, solventes, hinchadoras de weas y metódicas para alcanzar nuestros objetivos; el padre rescatador de damiselas en peligro no tenía cabida en nuestra familia. Mi madre es una mujer fuerte, que trabajó desde siempre y que no concebía en su cabeza la idea de la mantenida; su independencia le daba un poder y autonomía que nunca estuvo dispuesta a perder; cosas hermosas que una puede aprender de su madre, por cierto.

En esta crianza de mujeres que no se achican con nada, una también y lamentablemente, adquiere malos hábitos; como no saber pedir ayuda porque una mina bacán se las debe saber arreglar sola; no dejar espacio para la pena o la debilidad porque una es la superheroína de su propia historia; y también, se cerraban las puertas a una feminidad acordada por la cultura occidental como superflua, liviana, banal y por sobre todo fatua; una feminidad enfocada en las vanidades, los accesorios, la apariencia física y la necesidad social de agradar al varón y con ello validarte entre las demás hembras.

Barbie de Mattel tampoco ayudó.

Las feministas más radicales de la segunda mitad del siglo XX que negaron la posibilidad de mujeres que actuaran desde lo concebido como femenino por el patriarcado, tampoco ayudaron mucho. Gracias a esa corriente particular del feminismo fue que las mujeres comenzaron cierto proceso de “masculinización” estética como una forma de manifestar oposición al concepto imperante del ser femenino; nos llenamos de mujeres en trajes y corbata, nos pusimos bototos, cortamos el pelo y actuamos desde lo masculino; buscando los espacios de poder y demostrando que las mujeres también podíamos ser muy hombres y serlo muy bien.

Yo me vi en eso durante años y estoy en proceso de rehabilitación.

bruffipendexDurante mi pre-adolescencia era la típica chica linda, popular y codiciada; si, como esas pelotudas de las series gringas que pololean con el mariscal de campo. La diferencia era que yo no era la pelotuda con cloro en el cerebro; me vestía a la moda y tenía muchas invitaciones a bailar. Nadie se imaginaba que aparte de ser la chiquilla encantadora y buena para el hueveo, era matea; tenía regias notas, de las mejores del curso siempre; era regalona de mis profesores y gozaba leyendo y subrayando diccionarios. Nadie lo sabía, y cuando lo manifestaba, pues nadie lo creía. Y llegó un momento en que eso me molestó. No entendía por qué no podía ser linda, simpática, sociable, deportista; y al mismo tiempo metódica, aplicada, matea e intelectual. No se podía, al menos la sociedad temuquense donde me crié, no lo permitía porque no lo creía posible. Y me vi en la necesidad de optar, si quería ser reconocida como “apetecible” o como “interesante”.

Opté por la B.

chica_alfredoA mis 16 años abandoné las falditas plisadas, los encajes y los tonos pastel, corté mi melena rubia ondulada del tipo Barbie Malibú, compré camisetas y pantalones cargo en la ropa usada, colgué una mochila en mi espalda y anudé mis bototos con fuerza; abandoné a la chica tradicionalmente popular y me convertí en una especie de Daria punk que fotografiaba grafiteros en trenes abandonados y escribía poesía erótica; reporteaba marchas estudiantiles desde la trinchera con olor a molotov, pateaba bombas lacrimógenas con zapatos con punta de fierro y escupía en la cara de las revistas de papel couché.

chica_roberto bravo

Validación social desde las acciones, desde las ideas, desde mis talentos; escribí mucho, produje eventos fabulosos, manifesté mi opinión por sobre todas las cosas y me adueñé del discurso del poder de las mujeres, sin siquiera usar la palabra “femenino” porque me daba urticaria y la asociaba al color rosado, ese rosado que llevan las cajas de las Barbies, y todo aquello asociado a las “niñitas”.

Desde entonces odié el rosado por una cuestión de principios; porque el rosado representa todo aquello que no quiero ser y todo aquello que no quiero que crean que soy. Muerte al rosado discriminatorio, yo soy mujer, no niñita. Yo tengo el poder y me paso el rosado por el culo.

En esa misma línea, odié las peluquerías, la moda, los tacones, las operaciones de tetas; todo aquello que nos hacía mujeres imbéciles sometidas a la valoración masculina para confirmarnos como seres humanos. Y claro, no estaba equivocada en querer ser validada por otras cosas que no fueran mi cuerpo o como lograba hacerlo ver; en lo que si estaba profundamente equivocada era en creer que esas cosas nos hacían menos inteligentes, menos jugadas o menos poderosas.

Cierto discurso feminista inglés que propone que las mujeres deben esconder sus curvas y su naturaleza de hembra para hacerse respetar como seres intelectuales me parece hoy no solo obsoleto, sino nefasto e innecesario; que una mujer celebre su cuerpo e incluso utilice todo su capital erótico, me parece hoy una buena idea, en reconocer nuestras pulsiones y diferencias, en no auto – obligarnos a masculinizarnos; yo me transformé en “el compañero nuevo”, así me llamaban por llevar el pelo corto a nivel de cráneo, los pantalones anchos y las camisetas varoniles; adquirí una posición de mujer poderosa que miraba a los ojos de igual a igual a los varones, y eso me lo celebraban mucho, me había transformado en un machito más, ellos me respetaban por mis postura, por mis capacidades, por mi talento; las tetas y la melena habían pasado a un plano invisible y yo misma me celebraba ese tremendo logro. Era uno más.

Hoy veo ese logro como una batalla perdida, porque en vez de relevar mi propia feminidad y desde ella lograr la validación intelectual; me escondí en la fachada de la masculinidad y mimetizándome gané, pero debí haber ganado desde la diferencia, y recién hace un par de años me di cuenta de eso; y he emprendido un camino de reconciliación con la estética femenina; una des-masculinización que hoy me parece no solo innecesaria sino una falta de respeto a mi diferencia y poder de mujer. No lo pude ver tan claro hasta que hace unos meses reunida con el tremendo comediante Alejandro Angelini, padre de la comedia en el Río de la Plata; le comenté:

  • Puta Alejandro, el tema es que yo tengo una visión super masculina de la vida

Y Alejandro respondió:

  • No te confundas, la tuya no es una visión masculina de la vida, tu visión es una visión desde el poder; y que el poder hasta ahora sea asociado a los hombres es otra cosa; lo tuyo es una visión de mujer en posición de poder, de una mujer con poder.

Esa frase me cagó la vida y me definió en pocas palabras lo que yo sabía pero no lograba compactar en el discurso; mi abandono de la masculinización era entonces ahora una necesidad política, donde el verdadero poder femenino viene desde las mujeres y no de las mujeres que luchan por sentirse masculinas, la lucha debe ser por sentirse poderosas.

Esta reconciliación comienza hace algunos años, volví a dejarme crecer el pelo, me compré aros y hasta un poco de maquillaje. El proceso ha sido largo, a ratos vergonzoso, duro en cuanto a mis propias luchas internas; pero voy caminando tranquila, hasta tengo un par de vestidos y creo que me quedan la raja; pero este camino no se hace sola, han habido personajes primordiales en este intenso cambio de paradigma:

Mi ex jefa, (en realidad la única que he tenido) es una de las mujeres más guapas, minas, emperifolladas y estilosas que he conocido, así como también una de las weonas más fieras, inteligentes y estratégicas que han pasado por mi vida; una serpiente voraz de los negocios vestida de Dolce & Gabbana y preocupada de que la pendeja de su empleado está con fiebre; a ella le debo tanto, me enseñó que las mujeres podemos ser las zorras de Wall Street sin bajarnos de los 15 centímetros de zapatos de maraca.

Mi coordinadora de cooperación internacional de la universidad; probablemente lo más cercano a una mentora que he tenido en la vida, peinada siempre perfecta, a la weona no se le movía un puto pelo del moño y el maquillaje era siempre perfecto, y al mismo tiempo era la mujer que con más puntos sobre las íes que he visto, nadie le pasaba gato por liebre y donde el resto dejaba la cagada, ella resolvía en minutos, le ponía lentejuelas al salón y se lucía sin abandonar su perfecto traje de dos piezas y sus aros combinados con la gargantilla, me enseñó una técnica para verme acinturada en las fotos oficiales grupales y fue la abanderada del “menos es más”, una maestra de la sobriedad, la responsabilidad y el sentido de la confianza en el trabajo en equipo.

Mi hermana, la verdadera intelectual de la familia, una mujer brillante, seca, trabajadora compulsiva y faraona del perfeccionismo; respetada en un mundo laboral complejo y masculino; adoradora confesa de productos de spa, cremas humectantes, mantequillas corporales y ungüentos exfoliantes; quién diría que la mujer fuerte de la Universidad llega a casa a hacerse las uñas y se hace tratamientos para el pelo. Hay que estar muy segura de tus capacidades para no creer que te desperfilarás.

Mi pareja, sin duda una de las voces más importantes en este proceso en sus últimos pasos; un hombre que nada tiene que ver con la imagen de hombre que yo solía creer que me gustaba; un hombre con su lado femenino más desarrollado que el mío y que a la vez tiene todo lo del macho bruto que yo reconocía como atractivo; él ha sido piedra angular de esta nueva, ruda, poderosa y femenina yo; un hombre que se enamoró de mi vestida de zapatillas, gillette y sombrero; y me reveló los secretos del jugar a ser mujer sin perder la agudeza del discurso.

Hoy comienza el proceso de cierre, dando la bienvenida a esa mujer muy mujer, que se atreve a jugar con la estética sabiendo que ella no alterará la imagen que el mundo ya se ha formado de ella; que se atreve a sumergirse en la diversión de la vanidad sabiendo que ya no debe demostrar nada a nadie, que la validación ya está y no es necesario atrincherarse en el rincón del “deber verse”.

Dicen que cuando nos ponemos viejos perdemos el pudor; yo con esto pierdo el pudor de preocuparme por qué pensarán de mí, creerán que soy niñita, creerán que solo me importa la cáscara. La verdad, con esto demuestro que ha dejado de importar el discurso estético radical, para dar paso a jugar a ser niñita; mis agradecimientos profundos a las que técnicamente están aportando; a Leslie de La Esmaltería que me enseña de técnicas, colores, estilos y esmaltados permanentes, me encrespó las pestañas para siempre y me ayuda con el perfilado de las cejas que por cierto me cambiaron la mirada! Mis agradecimientos también para Luz Violeta, el varón más mujer que ha pasado por mi existencia y que se ha dedicado a lavarme el cerebro, regalarme productos de belleza y enseñado técnicas de maquillaje y sexo anal, nadie podría ser mejor maestro que un gay pasivo!  Mil gracias a Denise de Queen Hair Shop, que me dejó el pelo en rosa chicle; una forma entusiasta y estilosa de enfrentarme a mis peores demonios feministas: rosado es lo primero que veo al verme al espejo por la mañana; eso se llama carácter. La verdad, se ve la zorra nuclear y me encanta. Bienvenido rosado, pero no nos subamos por el chorro como la Kathy Barriga, ¿OK?

AGRADECIMIENTOS!!!!

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El equipo completo de Quenns Hair Shop se fusionó con un dream team de peluqueros para abrir salón en Vitacura que abrirá sus puertas en Luis Pasteur 5439 desde el 16 de febrero, por el momento puedes contactar a estas cracs a través de Denise Corales en el +56 9  7768 2762 y las encuentras en twitter como @Queens_hair_shop