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CARLOS REYES ESCRIBE: ¡Cuidado que te pincho!

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Carlos Reyes G. es uno de los tipos más creativos que he conocido, rápido, furioso, de un humor exquisito, sencillo pero «escueliao», de esos para conversar cualquier tema. Autor, junto a Rodrigo Elgueta, de la novela gráfica LOS AÑOS DE ALLENDE, que por cierto es una maravilla de libro, una pieza de colección. Guionista, editor y docente.

Co-fundador del sitio de historietas ergocomics.cl

Lo puedes seguir en twitter como @CAReyesG

¡CUIDADO QUE TE PINCHO!

 

Hay para todos los gustos: con más o menos dureza, de todas formas, tamaños colores y grosores. Todos estos atributos bien podrían aplicarse a muchas miles de cosas, pero también a la figura de un pene, pero esta nota no se trata de vergas, sino de barbas, pero… esperen un momento… tal vez sí. De alguna forma (que solo Freud podría develar) la barba facial siempre ha sido una forma de insinuar, de exhibir cierta masculinidad, de seducir y de sugerir, tal y como diría un alquimista, que todo lo que está arriba es igual a lo que está abajo.

Leo en un perdido sitio web de la internet un artículo que dice que un amigo les dijo que alguien le mostró la traducción de un estudio de un grupo de sicólogos de la Universidad inglesa de Northumbria que afirmaban que un hombre con barba de díez días tiene más posiblidades de ligar que los de rostro afeitado, porque estos últimos serían percibidos con menos atributos masculinos. No sé si creer en esto, pero sé de amigas y amigas que enloquecen ante la sola presencia ( o insinuación cierta) de la pilosidad.

Más allá de ahondar en la terra incognita de aquello que que se ha dado en llamar masculinidad, igual vellosidad, lo que en rigor me interesa es la conversación que presencié en el cumpleaños de un amigo y en la que se abordó el peliagudo tema del saludo de beso entre hombres y algunas de sus consecuencias no deseadas y que gatilló todo lo que siguió.

Afortunadamente no brotó la homofobia tan saludablemente facha entre un tipo de heteronormativos, sino todo lo contrario. Alguien observó que la practica de besar a un amigo, que se ha venido extendiendo cada vez más entre los chilenos, le parecía una bella muestra de cariño viril, pero otro joven asistente confesó, no sin cierto pudor, un grave problema aparejado en dicha practica besadora: El picor de la barba.

El debate se encendió.

Las damas presentes dejaron caer sus canapés y se sumaron entusiastas al corro: Sí, es cierto, las barbas de pocos días pican más que una crecida; Ay, a mí me da lo mismo, nunca me han picado y eso que he besado MUCHAS barbas; A mí, en cambio, me parece una práctica horrible; ná que ver, estai loca, yo encuentro que es súper lindo que los hombes se besen; Nadie discute eso; Sí, que lo hagan como los rusos, ah, no, esos se besan en la boca; Tengo una duda… ¿alguien sabe si el pelo de arriba es IGUAL al de abajo?; Ah, güeón no, qué asco.

El tema derivó pronto en otra vertiente: La del picador picado Sí, pues varios comensales reconoceron públicamente que, a veces, su propia barba les picaba al crecer. Otro aseguró incluso la inquietante historia de que su barba irritó a tal nivel el sexo de su compañera tras el conilinguis de rigor que, al día siguiente, la interfecta parecía que se hubiese masturbado ni más ni menos que con una lija. ¿Podía una bella y tupida barba provocar tal nivel de escozor? ¿Podía mancillar así el rostro piloso de un caballero calentón a una compañera en el placer?

Lo que nos llevó a una nueva encrucijada moral: ¿Es hoy el piloso facial que pincha un incomprendido? ¿Es el piloso facial que se auto-infringe picor una nueva tipología de masoquista o tal vez un triste solitario que, cual Hombre Elefante oculta su drama al mundo? La discusión, según lo estimen, se tornó profunda… o bizarra

Hubo disgresiones, pues alguien recordó otra extraña relación pilosa al hacer referencia a un amigo periodista y su fascinación ( dijo aquello en lugar de calentura) por las axilas peludas de las mujeres y que era capaz de elevar su líbido a niveles insospechados de celo animal.

Y entonces pregunté yo: ¿Qué hay de nuestros pelos en el pubis, la cabeza, las axilas, las orejas? También habría que cortalos en virtud de un mal entendido picor o auto-picor? ¿Renunciar, rechazar la pilosidad en cualquiera de sus formas no sería acaso renunciar, rechazar parte de quello que nos hace seres humanos?

Recuerden- agregué, ante mi atónita audiencia- la epífanía de ver a un amigo o pareja que siempre ha usado barba el día que se la ha afeitado. ¿No parece tener de pronto demasiada cara? ¿no les parece como si hubiese perdido algo de su poder al cortársela?

De algún modo defiendo la barba que pincha al usuario-usuaria que la besa, tanto como al portador.

No hay barba a la que una pareja que ame de verdad no se pueda acostumbrar, no hay barba que no oculte más de una sorpresa en su frondosidad, no hay comida que no se pierda en ella esperando un mejor momento para ser digerida, no hay pelo que no se pierda en la ducha o arba blanca que no imponga respeto o majestuosa presencia como si de un mago o repartidor de regalos se tratase.

La conversación de aquella noche de juerga abordó estos y otros temas que sería largo enumerar aquí. No obstante, cuando los argumentos en pro y contra ya se creían agotados surgió una idea tan cierta como contundente que fue sumando adeptos rápidamente. Nos sentimos inaugurando una nueva forma de lucha con una primera consigna nacida al calor de la conversación: La vellosidad también era bella.

A lo dicho: Hay para todos los gustos: con más o menos dureza, de todas formas, tamaños colores y grosores, sumo una nueva propuesta: Hombres, mujeres, pansexuales: Disfrutemos de nuestra pilosidad, pinchemos y dejémonos pinchar en el beso de saludo, en el contacto casual, en el fragor de la relación sexual o en el roce involuntario

Exhibamos al fin todos nuestros pelos como lo que verdaderamente son: Un regalo de nuestro pasado primate, un regalo de antepasados pretéritos, una bella vellosidad.