Relaciones, Sexo

Angélica, la compañerita culiadora de varones

Angélica, todas tuvimos una Angélica; una compañerita de curso que se desarrolló antes, que repitió de curso, que era libre, caliente y entregada al placer; esa Angélica que decidió entregar su flor antes que todas las demás, y se supo; y que los varones lo supieron y que se pasaron el dato; y que decidieron convertirla en ese objeto de deseo adolescente. Angélica era un fantasma vivo con el que no podíamos dejar de tener pesadillas, porque no podíamos competir con Angélica.

A los 16 – 17 años, en mis tiempos provincianos de colegio católico, éramos criaturas medianamente puras, castas, pololeábamos de la mano, nos besuqueábamos duro y como mucho nos agarraban una teta por encima del jumper… sí, eran otros tiempos.

Y en esos otros tiempos, Angélica era competencia desleal, ¡claro que lo era! ¿Cómo podíamos competir con una mujer siendo aún nosotras unas niñitas? En un mundo de adolescentes calientes que piensan en culiar todo el día matándose el corazón a pajas; en ese escenario Angélica era una flor por descubrir, ella representaba todo lo que las demás no teníamos, representaba lo que ninguna otra podía ofrecer; y ese descontento se vio reflejado en lo único esperable de un grupo de adolescentes menospreciadas: VENGANZA.

Todas las Angélcas noventeras sufrieron lo mismo, fueron presas del flagelo de la preadolescente angustiada, de la jovencita picada porque no se atreve a abrir las piernas mientras ve como su Angélica no teme hacerlo y lo usa a su favor; cómo no odiar a esa Angélica que se roba la atención de los machos de la manada sin dejar espacio para ninguna otra? Era entonces Angélica la nueva medida de todas las cosas? Claro que si. Todos querían a una Angélica.

Y eso, por supuesto dio pie a que las demás beatas y vírgenes no encontraran una salida y se refugiaran en lo más fácil; el desprestigio de la suelta, de la zorra, de la fácil, de la puta del curso…. Era el grito desesperado de un cardumen de pendejas huevonas celosas por la atención; y Angélica no podía hacerse cargo de nuestro odio, no tenía por qué; y no la quisimos sólo porque no podíamos contra ella; y la inmadurez femenina es tan huevona como nosotras mismas, y la ley del hielo no fue suficiente, se agregaron cahuines y chismes vulgares que en realidad solo aumentaban el deseo por Angélica; y revelaban el nivel de inseguridad que nos corroía, la cantidad de pelotudez que nos llenaba y las ansias de ser la vedette de la fiesta.

Las vedettes nunca se hicieron famosas por beatas. Y nosotras queríamos ser las vedettes sin correr el riesgo de ponernos plumas; Angélica nació con las plumas puestas y lo que la hizo objeto de deseo fue dejar que se las sacaran…. Sin duda Angélica debe haber sufrido con nuestras imputaciones y copuchas; pero no me cabe duda que fue la más feliz de todas; la única que no se negaba a si misma y que nunca dejó de hacer lo que quiso porque otras la pelaban.

Todas queríamos ser Angélica, pero ninguna se atrevía.

20 años después, debo decir: punto para Angélica.