#AntiModa, Mi experiencia

Camino a la Red Carpet, bitácora de una chica cualquiera. Capítulo UNO

El año pasado me invitaron a alfombra roja del Copihue de Oro, y les voy a ser honesta, se me aconcharon los meados. Un término muy sureño para definir que se me hizo, me acobardé; lisa y llanamente: dejé que ganaran los malos.

Sí, los malos ganaron, porque lograron que su discurso de prepotencia estilística gritara más fuerte que mis ganas de que la estética no sea una limitación para ser feliz; junto con no ir, dejé que mi discurso gritón de que los kilos de más o no estar a la moda no deben ser impedimentos para lograr tus objetivos, dejé que mi discurso se apagara frente a sus cámaras. Pero claro, el bullying es doloroso y no creo que nadie en su sano juicio quiera someterse a él voluntariamente y para todo el país en horario prime; y yo, como quizás la gran mayoría de los seres humanos, soy falible, y fallé.

No fui.

Este 2015 volvieron a invitarme, y volví a pensar que era innecesario ir, que no me servía de mucho, que era un evento fatuo y sin sentido para mí, porque no estaba nominada a ningún premio y sólo iría a pasar un mal rato. Pero mi yo interno se preguntaba ¿qué pasaría ahí? ¿Cuál sería el comidillo? ¿Cómo sería la dinámica de los rostrillos de medio pelo en la alfombra roja? Y no tenía cómo enterarme si no iba.

Y si tenía ganas de enterarme, ¿por qué debía renunciar a vivir esa experiencia? Me he sumergido 30 metros bajo el agua, escalado volcanes, lanzado al vacío desde un cerro, tratado de anillar cuadernillos en Beijing y cagado en baños públicos de la India, no voy a achuncharme entonces porque una tropa de déspotas del estilo se deciden a criticarme, ¡no poh! ¿Por qué? Si mi pega no ha sido nunca ser mijita rica, mis cuentas nunca se han pagado gracias a mi figura ni le debo mi público a mis tetas turgentes al aire, lo mío ha sido otra cosa, y esa otra cosa le importa un pico cómo se vea, mientras escriba.

Decidí que el mejor gesto de rebeldía era entonces ir, pero siendo fiel a mis ideas, a mi poco estilo y a mi presupuesto limitado; mi subversión tendría que ver con no dejarme amilanar por el bullying de los programas o portales de moda y que la rechoncha de patas cortas carente de tobillos también podría disfrutar de su banal alfombra roja como una ciudadana común y corriente a la que conocen un par de otros ciudadanos comunes y corrientes. Decidía entonces, como un gesto político, que la misión sería ir, pasarlo bien, reírme como loca y no hacer el ridículo con el atuendo, porque esa tampoco es mi forma favorita de  ganar popularidad, para eso existen las Rancheritas y las Aynaras, yo estaba ahí para contar la historia. Finalmente, la única weá que sé hacer.

Confieso que las dos semanas previas al evento sufrí pensando qué cresta ponerme, si mandar a hacer algo choro, especial, raro, extravagante…. Pero no, soy demasiado pajera para eso y como era de esperarse, dos días antes del evento no tenía pico idea de qué usaría; solo tenía claro que si no tenía algo medianamente decente, no me presentaría para hacer el ridículo.  Para hacer el ridículo está mi show de comedia y me pagan por ello.

Providencialmente mi amiga Maite Lanchares, que también es comediante y lleva una asesora de moda escondida en su infinita imaginación, me ofreció ayuda, su primer mensaje fue el siguiente: “Tengo una idea para tu alfombra roja, lee esto completo antes de colapsar”.  Maite entendía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza; pienso en escotes, tacos aguja, lentejuelas y mi cerebro quiere explotar. Pero ella fue mi ángel de la guarda y me dijo: “vamos a pensar en Kelly Osbourne, ella es una fashion icon, como de tu porte y casi igual de pechugona”.

Lo que no agregó, era que últimamente Kelly ya no es la regordeta del salón que yo recordaba; y cuando fui a buscar fotos de premiaciones con ella en la red carpet caché que estaba entera flacuchenta y enfrenté a Maite: “pero esta hueona está flaca!” y ella místicamente respondió: “si, sorry, es que dejó las drogas y adelgazó”.   Por la mierda, yo no tenía ninguna droga que dejar de acá a dos semanas; lamenté entonces mis últimos dos años de relajo en lo que a actividad física se refiere… y di gracias al sexo salvaje, que definitivamente es la única weá que me tiene sin necesidad de andar rodando por la alfombra.

Encontramos el look perfecto, era con pantalones porque yo no quería vestido. Guardé la foto y salí de compras. Cuatro horas más tarde y habiendo recorrido las tiendas más importantes y reconocidas me pregunté: ¿cuánta de la población chilena femenina es talla 36? Es que esta weá parecía una joda para Video Match, como si las chilenas fuéramos 36-38! ¡¿De qué cresta me hablan?! La tienda que tenía la weá más grande tenía una prenda en talla 40, que por supuesto, tampoco me entraba. Mis tetas radiantes de un natural y perfecto 34D se rebalsaban generosas como afluentes de rio picado; no había blusa que cruzara, no había pantalón que pasara la barrera del alto muslo.. Chile no tenía ropa de alfombra roja para mí. Mi cuerpo desnudo frente al espejo de la tienda le decía a mi cerebro que era hora de deprimirse y mandar todo a la mierda.

Pero la rebeldía pudo más, no me la iban a ganar todos estos weones coludidos con hacernos sentir gordas y feas; no señor. Me fui al Barrio Italia con mi esperanza puesta en los diseñadores independientes, que tienen más contacto con el mundo real, con el Chile de a pie…. Pero no. Encontré un vestido hermoso, que claro, probablemente nunca fue pensado para una alfombra roja, pero tenía estilo, todo el estilo que yo habría llevado feliz de la vida. Pero el estilo no alcanzaba a dejar ser libres a mis enormes pechugas. El estilo no era elasticado, el estilo era angosto, el estilo asfixiaba mis tetas; como todo lo demás.

Imaginé entonces una diseñadora raquítica diseñando para sus amigas con trastornos alimenticios… después pensé que en realidad la que tiene que soltar la marraqueta soy yo.

Un poco abatida, abandoné la tienda; resignada a volver al mall a buscar esa tenida que no me mataba, pero me entraba; era el premio de consuelo, pero yo he sabido llevar bien los planes B en mi vida, no sería el primero ni el último. Convencida de que la batalla estaba perdida y que debería optar por lo menos peor, pasé por fuera de una tienda de ropa usada, de esas que ahora llaman “ropa vintage”, pero no es más que ropa que ya usó alguien más en algún lugar del mundo y eso permite que puedas comprarla más barata.

Pasé a intrusear, a ver si encontraba jeans que no fueran elasticados porque los odio… y al ponerme a cachurear antes de volver al mall, apareció ante mí como desde el centro de la tierra, un vestido negro de tela elástica, con corte griego en las pechugas y suficiente tela en el amarre como para cruzar, tapar, forrar o arreglar lo que fuera; era el dios de la gente con sobrepeso que ponía ese vestido en mi camino, y yo aceptaba su omnipresencia comprándolo sin chistar. El milagro de Navidad se presentaba ante mis ojos y se incrustaba suavemente en mi pálido cuerpo blando.

Es cierto, yo no quería vestido, pero la weá me quedaba perfecta. Ese puto vestido me quería a mí. Y yo estoy aprendiendo a dejar que el Universo también  tome su curso.

Me costó tan barato, que me di el lujo de gastarme la plata que ahorré en el “clutch”, un término muy siútico para describir un pequeño bolso de mano que no alcanza a ser cartera y que en los 80 se llamaba “sobre”. Lo había visto ayer, y lo encontré caro, y yo no compro nada caro a no ser que realmente lo necesite. Pero me ahorré tanta plata con el vestido “vintage” que me di permiso para gastarme las lucas en un bolsito enano que parecía ser de piel de dinosaurio bebé. Una delicia en palo de rosa, otro término culijunto para describir un rosado oscuro tirando pa ciruela. Me sentí mina, siendo feliz comprando una weá cara que no necesito, pero me gusta. Una sensación muy rara, pero raramente satisfactoria. Me fui a casa con el clutch nuevo, el vestido viejo y el alma un poco menos atormentada; igual de gorda, pero con ropa para el Copihue.

Prueba superada, ahora solo falta transformarse en mujer.

Lee ese proceso en el próximo capítulo de “Camino a la Red Carpet, bitácora de una chica cualquiera, Capítulo DOS