Mi experiencia, Sexo

Caña Moral

La caña es la resaca, esa sensación de acabo de mundo, de cerebro sobredimensionado dentro del cráneo, de sed intensa y necesidad de oscuridad que le trae al ser humano el consumo indiscriminado de alcohol; la caña es aquella consejera que te hace decir: no tomo más. La caña es la compañera inseparable del día siguiente de una noche memorable, de una fiesta interminable, de un período del que puede que no te acuerdes, pero sabes que valió la pena.

¿Cómo se yo todo esto si no tomo jamás como para curarme? Lo sé, porque yo a veces sufro de caña, pero de caña moral.

Y la caña moral es bien simple, es aquella sensación de arrepentimiento, placer culpable, satisfacción indebida de cuando te tiras a uno que no debías; el colega de la pega y piensas que no se debe cagar donde se come; o te agarraste al pololo de tu amiga; y aunque estuvo rico, tu conciencia te dice que metiste la pata; o te engrupiste a un cabro chico, de esos que te quitan diez años de encima, se sienten turgentes, pero te dicen que la profe de la universidad les tiene mala…

Tanto polvo prohibido que anda suelto por ahí; y si una tiene caña moral, es porque, en el fondo, igual es buena persona. Caliente, pero buena persona. Te dominó la lujuria, pero sabes que fue un error y no debes volver a hacerlo.

Pero al igual que con el copete, el domingo le declaras la guerra, y el próximo viernes ya le muestras la bandera blanca.

La caña moral es ese no-sé-qué, que te viene cuando te has engrupido a un buen muchacho en pos de un polvo furtivo, o dos o tres; pero sabes que él te quiere pasear de la mano por la vereda, comprarte torta pal cumpleaños y presentarse a sus papás; caña moral es cuando sabes que has abusado de algún encanto para meterte en los pantalones de una víctima bonachona, cuando te miras al espejo y dices: si tanto hombre lo ha hecho con miles de mujeres, ya es hora de que nosotras hagamos los mismo con ellos y sin culpa.

La diferencia entre ellos y nosotras, es que nosotras somos conscientes de la maldad, aunque no por eso dejemos de hacer la cochiná. Esa sola conciencia de no encontrarlo normal o natural, lo convierte en un acto casi reivindicatorio. Pero no me los voy a engrupir: la maldá, es maldá.