Cuentos

[cuento] Cross check y reportar

Esto no está bien. No le temo a los aviones, pero comenzó todo mal. Despegamos con furia, como acelerando, y rezando para que el avión no se detenga, con un ruido feo, desconocido, a la fuerza.

Una vez en el aire, se encendió la luz de mantener abrochados los cinturones y permanecer sentados. Seguíamos como obligando al avión a mantenerse a flote.

Ese ruido fatal seguía sonando. E avión seguía moviéndose, tambaleando como una micro rural en pleno invierno sureño, de una lado a otro, de bache en bache. Después de haber viajado cientos de veces, yo sabía que no era normal que en un avión sintieras la velocidad de la máquina, ni los baches ni la velocidad.

La guata apretada, nerviosa cerré los ojos y como estaba muy cansada; dormité, y ahí fue cuando supe que estaba todo mal; en mi sueño aparecía una negra muy gorda, de cabellera muy crespa con los labios enormes pintados de fucsia sorbiendo un hilo de agua que colgaba de una llave abierta, como si felara a alguien. Verla me produjo asco y de puro asco desperté. La turbulencia aumentaba, yo me aferraba a los brazos de mi asiento. Algo estaba mal. Algo chirriaba, se balanceaba y yo sabía que algo andaba muy mal.

Lo peor de todo era que mientras temblábamos a quizás cuántos pies de altura, yo solo atinaba a redactar la historia en mi cabeza. Podía estar en la antesala de mi muerte y yo no encontraba nada más útil que redactar la historia en mi cabeza; que la parte de la negra sorbiendo agua se sintiera lo grotesco que lo vi en mi sueño.

Y ahí estaba yo, redactando en los últimos momentos de mi existencia.

Encontraba consuelo en el tipo que dos asientos más adelante se levantaba un poco con cara de funeral mirando hacia atrás buscando a alguien que lo acompañara en su angustia, no quería sentirse solo ni paranoico. Lo miré a los ojos y le dije, sin decirle nada, que éramos al menos dos los que veíamos la muerte a los ojos. No me alcanzó la telepatía para decirle también, que mientras él posiblemente pensaba en todos aquellos a quienes no dijo “te quiero” a tiempo, yo dedicaba esos segundos a redactar la historia.

Afirmada de forma desgarradora del brazo derecho del asiento, pensaba si habría sido culpa mía, es posible que no haya apagado el celular. ¿Por qué no hay internet en los aviones? Habría querido publicar la historia antes de morir, cuando rescaten los restos espero alguien se fije en esta libreta amarilla, que en este momento se convertía en mi propia caja negra.

De pronto, sirvieron té, café y jugos, que podían ser con o sin azúcar.