Cuentos, Relaciones, Sexo

[cuento] Balcón reservado

balconEl último mensaje en Whatsapp decía: “Nos vemos en Chile”. Ella lo guardó. La ansiedad no llegó en serio si no hasta el día siguiente.

Ella no esperaba nada especial, la verdad, él le parecía un chico simpático, probablemente un buen cabro. De esos que enorgullecen a sus madres. De esos que ella nunca había tomado en cuenta, ni tomaría.

Ella lo había invitado a un café. Un café inofensivo, lo llamó. Iba atrasada, aceleró a fondo, pisteó como una campeona, porque siempre ha odiado llegar tarde.

Como siempre, el café lleno, se estacionó a una cuadra y caminó para llegar, y en la esquina lo vió.

Lo vio de lejos y tuvo que detenerse. ¿Quién era este tipo? Era un guapo perfecto que nada tenía que ver con la foto nerd que ella conocía. Le gustó en ese momento como nunca le había gustado antes.

Aún no pedían el café, y ella ya le había reservado su balcón.

Él sonreía, nunca dejó de sonreír. Es posible que fueran los nervios, él estaba nervioso, mucho más que ella.

El garzón se acercó con gracia y preguntó “¿lo de siempre?”. Ella no entendía nada, pero lo miraba atenta. Él pidió un café helado. Fue la primera vez que amó su niño interno. Algo pasaba, era un hombre que le causaba ternura. Raro. Muy raro.

Estaban sentados frente a frente, él fue astuto como pocos, y buscó una excusa para sentarse junto a ella, más cerca, más al alcance, más a mano.

Ella lo agradecía con sus ojos, entre broma y broma lo tocaba. Tocó sus manos cuantas veces pudo. Eran firmes, tan firmes que las imaginó en sus caderas, y fue el momento en que supo lo que se venía. La epifanía del sexo perfecto. Resumida en sus manos.

Hablaron de todo, se rieron muy fuerte, se miraron a los ojos muchas veces, más de las que el decoro debió permitirles. Se leían, se entendían, se conocían mucho más allá de lo que se hablaban.

Entre nervios, el comentó su entusiasmo por ir a otro lugar con ella, ella ya había reservado su balcón para él. Sus manos le habían dado permiso.

Entre nervios, se fueron. Los nervios propios de quien toma la ruta sabiendo su destino, de quien conoce hacia dónde lo lleva esa ruta.

Ya en su casa, bastó mirarse de forma decidida, ella sólo dijo “ven”. Él, casi con pudor, la besó. El pudor duró lo que demoró en tocar sus labios, y la locura abarrotó el lugar. No había nada más que hacer.

Besos, manos, lenguas, labios, más manos y hasta piernas. Ella sentada sobre él descubrió su nuca, su pelo, usó sus manos para tomarlo con todas sus ganas. Dolía. Él no la soltaba, nunca más lo hizo.

Esa cama blanca fue testigo de una sesión de piel que les quitó el aliento, y más que eso.

Esa cama blanca fue testigo del diálogo honesto que los oía prometer no hacerse daño, ella en un gesto de ingenuidad poco común, le advirtió que no esperaba ni pensaba enamorarse de él, y él le dedicaba palabras que hacían  creer que sólo quería sexo casual. Ambos estaban de acuerdo. No mintieron jamás. Nunca lo hicieron.

Hubo marea de gemidos, suspiros, sudores, uñas, mordiscos, apretones. Respiraciones entrecortadas, aguante, técnica, cuerpos acoplados y placer ilimitado, desmedido. Hasta que en el momento menos esperado, bajaron el volumen, aquietaron la piel, se abrazaron tan fuerte como pudieron; ella acarició su cabeza con la ternura que solo acaricia el que te quiere para siempre. Él respondía a su cariño con la docilidad del que quiere ese cariño para siempre.

Ya se amaban. Y era solo el primer día. No hubo un segundo.