Cuentos

[cuento] Fuego Lento

El de ellos fue un amor de aquellos que se fraguan a fuego lento, lento de domesticación personal, y lento de expiación de culpas.

Él era bravo, fuerte; también incógnito y misterioso, la amó desde siempre, desde el primer día; la aguantó, la esperó, la entendió y acompañó como todas quisieran ser alguna vez acompañadas, desde la distancia sentía ella su presencia y nunca hubo otro consuelo mejor a su inmensidad de problemas, él era el numero de emergencia, el extintor a la mano, el balde de arena necesario.

Ella era como pocas, indómita y severa; de la palabra justa y la ironía necesaria, ella lo amó desde siempre, con cautela y nerviosismo; lo dejó instalado en su corazón desde el mediodía, lo abandonó tantas veces que ya no recuerda el número, y volvió otras tantas como si nada hubiera pasado.

Él, de manos gastadas y ella de corazón lleno, siempre ocupada, siempre pendiente. Ella, de muslos generosos y abrasadores,  de curvas pronunciadas, tentando al guerrillero oculto, tendiendo una trampa cada noche.

Él esconde algo y ella se hace la desentendida; ella oculta otras manos que pasan por su espalda mientras él resuelve su cotidianidad; porque aun después de todos estos años, aun no se pertenecen, y nunca lo harán.

El recorrió las selvas, las alturas, los océanos y bosques, tuvo una mujer hermosa, de esas para contarle al mundo, con ella un hijo y también otra hija que no fue de ella; y así pasó los años haciendo vida con el teléfono de la mujer de sus avatares en el bolsillo, siempre presente, siempre sabiendo, siempre al tanto.

Ella recorrió el oriente, el viejo mundo, maravillas y tesoros; tuvo un hombre bueno, más de lo que ella podía merecer, uno de esos que te preparan frutas al desayuno y te llevan el almuerzo a la cama; ella nunca terminará de agradecerlo; con ese hombre vivió muchos años y tuvo una hija de nombre extranjero, una pequeña luz en la sombra que se transformó su vida.

Cuando ya de regreso venían ambos, han vuelto a verse, se han encontrado cara a cara y se han dado el primer beso, la primera caricia y las primeras verdades, porque las verdades no se dicen, se regalan, se entregan y se espera se respeten.

Él le regaló de improviso y con el mar de fondo verdades de armas, fuga, sangre y convicción; ella le regaló verdades junto a un pastel de jaiba, tenían que ver con mentiras, dolor y decepción; al volver del paréntesis de las verdades un abrazo cerró el pacto sublime, no fue necesario ni siquiera un beso, no hacía falta, más se había entregado y más temprano.

Él la sigue llamando, y ella feliz responde a sus llamadas, ella le escribe de tarde en tarde, le dedica sus líneas, le dedica su razón; ella es cerebral, practica y fría y se pierde en sus certezas de tarde en tarde en las líneas que a él escribe.

De vez en cuando salen a comer, van al cine o trabajan en algún proyecto juntos; para después él volver a su cama compartida y ella volver a su noviazgo inmutable. Porque gracias a dios, hay cosas que nunca cambian.

 

°°Foto de la película «Los enamorados» de Jeanine Meerapfel, Alemania / Yugoslavia 1987°°