Cuentos, Relaciones

[cuento] Te espero a las 8

te espero

Temblaba. Le temblaban las piernas, le sudaban las manos, se le salía el corazón en palpitaciones inesperadas. Ella era una especie de descripción perfecta de lo que él buscaba y no pensaba algún día encontraría. Chatearon durante días, ella no hacía otra cosa que ser perfecta para él, él no sabía que ella pensaba lo mismo. La invitó por unas cervezas a un bar.

Era ella una alemana preciosa, deportista, simpática, suave, dulce y turgente. Una mina atrevida, tal como a él le gustaban, y por sobre todo, sin esas trancas de mina chilena miedosa que a él tanto le cortaban la leche.

Ël era un hombre decidido, un chileno poco común, una rareza de esta especie criolla que ha decidido definirse desde el pánico a lo desconocido. Ël la creía perfecta, ella lo creía perfecto. Entonces decidieron verse. Cuánto entusiasmo, por la chucha! Ese momento en que dos personas deciden verse, tocarse, olerse, escucharse…

Te espero a las 8, dijo él en su último mensaje,agarró el auto, manejó con calma. Sudaba, temblaba, como sólo suda y tiembla quien se dirige a cambiar su vida, quien sabe que su destino está en esos momentos cambiando. Sudaba y temblaba como solo sudan y tiemblan quienes creen haber encontrado el walhalla, como sólo se enervan  quienes acceden a entregar oportunidades a la felicidad y aquellos que no temen a ser golpeados por el fracaso.

Podía fracasar y lo sabía. Sabía que al llegar a destino podía chocar de frente con una pared de concreto, sabía que era posible que ella no llegara, pero si la vida no se vive con épica, ¿entonces para qué cresta la  vives? Se estacionó y caminó con la frente en alto, sabía que hacía lo correcto, la esperaba para ofrecerle su espacio, el mundo y sus siestas de domingo.

Ordenó algo para tomar, buscó una mesa cerca de la puerta, de frente a la entrada, quería ser lo primero que ella viera al entrar, la supuso puntual apelando a su gen alemán. Bebió un sorbo, bebió otro, se acabó el vaso completo. Aún decía que esperaba a alguien a los meseros del lugar.

Mucha tele, pensó. Creer que llegaría y sería la mujer perfecta para él era pedirle mucho al cosmos, un cosmos que se ha demostrado disfruta cagándole la vida a los entusiastas.

Miraba la puerta de reojo, le dolía un poco el corazón cada vez que entraba alguien y no era ella; y le dolía un poco más, quizás porque siempre supo que era todo demasiado perfecto para ser malditamente real. Miró la puerta más veces de las necesarias, de apoco sus manos dejaron de temblar y su corazón volvió a latir con normalidad. Ordenó entonces algo para comer, sacó un libro que llevaba en la mochila y apagó su teléfono.

No hubo más mensajes de ella. Nunca más. Cambio y fuera.