Periodismo y Ciudadanía

El gran remate de traseros

Discuten sobre la creación de un barrio rojo en Santiago, ¿pero para qué?

Para que putas y maricones, depravados, traficantes y drogadictos tengan su punto de encuentro, un lugar de tertulia grata y amena…

Pero yo me pregunto ¿para qué?

Si las putas se venden ya en los ministerios y no por tarifas muy altas; los maricones se esconden dentro de trajes de diseñador y corbatas italianas gerenciando países; no son las otrora locas de San Camilo, ni la Morgan del Circo Timoteo, ni mucho menos.

Los traficantes tienen su propia fiesta en los palacios de justicia, los drogadictos se sientan con alma de todopoderosos en los escritorios de tribunales y los depravados ya se han casado con Dios y son defendidos en sus iglesias por miles de feligreses.

Por qué mejor no nos dejamos de pelotudeces hipócritas y no sólo modificamos antiguas y perfeccionadas técnicas ancestrales como la del sobresueldo y la coima; y dejamos la prostitución en paz de una vez; porque hoy no es ilegal, y las bicentenarias meretrices chilenas gozan de la gratuidad de los exámenes sanitarios obligatorios y de la entrega de condones en consultorios (menos mal) y hasta portan carné de trabajadoras sexuales “vacunadas y desparasitadas”, y si son sorprendidas prestando u ofreciendo sus tan placenteros servicios a la comunidad sin dichos papeles al día, se las llevan derechito a una institución de salud. Porque digan lo que digan, las putas en Chile, serán feas, pero al menos son limpias.

Lo que cada uno haga con su cuerpo debiera ser cosa de cada quien, y nadie tiene el derecho de cuestionar, y menos aún de castigar, lo que dos adultos hagan en consentimiento en cuestiones de experimentación sexual.

Si quieren llevar a alguien a la cárcel, que sea a aquellos que se cuelgan de la inseguridad en la que viven las putas y profitan cuan parásitos de su condición de trabajadoras socialmente indeseables y altamente vulnerables; prometiendo el cielo y la tierra, obligando a trabajar a menores de edad y, en muchos de los casos, también protagonizando maltratos físicos y psicológicos. Esta crueldad es la que debieran sancionar y no ir por la vida juzgando a la gente por lo que hace con su trasero; mal que mal, en algún momento todos no prostituimos física o intelectualmente y todas llevamos una maraca dentro. Eso debiera darnos vergüenza, y no si algunos están dispuestos al sexo por dinero; porque la verdad, es que prefiero a los que venden el poto por sobre quienes rematan sus principios al mejor postor.