Destinos, Mi experiencia

Haití 02: Tap Tap se pasea al Transantiago

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Una de las cosas más típicas de Haití es su medio de transporte público, el gracioso, empeñoso y colorido Tap Tap.

No es otra cosa que una camioneta cuyo pick up ha sido adaptado con bancas laterales y techo, en el que caben cómodamente sentadas unas 8 personas, pero en el que suelen subirse unas 16, incluidos los temerarios que cuelgan de su trasero “balcón”.

Pero el tap tap tiene sus gracias, hay algunos que hasta le ponen un revestimiento de esponja a sus respaldos para que las viejas no se hagan cagar los riñones en las travesías eternas por calles de mierda, porque digámoslo, en Puerto Príncipe, andar en auto es un tema no menor. La gran mayoría de las calles no tienen asfalto y son unos ripios colosales, y las que si lo tienen, lo tienen destruido y lleno de hoyos mortales, hay que saber de jeep fun race para manejar allá, mis respetos para quienes se atreven.

Pero volvamos a las bondades del tap tap. A mi juicio, uno de las principales maravillas de este medio de transporte, es la posibilidad de decirte que el haitiano es un ser humano colorido y lúdico, que su piel oscura e intensa no es más que la fachada de un alma llena de colores, los tap tap revelan los gustos de su dueño, llevan pintados a modo de homenaje, las caras de músicos populares, de artistas de cine, de futbolistas y de dios, otro muy popular por esos lados. Incluso se comenta que hay un tap tap con una pintura de nuestro Arturo Vidal, y entre los voluntarios de América Solidaria existe un reto: el que logre tomar una foto a ese tap tap, será premiado con una fiesta que organizarán sus compañeros.

El tap tap es una cosa parecida a los transportes clásicos que se encuentran en Panamá, en Puebla, en algunos sectores de Colombia, las Antillas holandesas o el Caribe en general; con miles de colores y música fuerte. También parecido a los interiores de las micros chilenas de antaño, en que la personalidad del chofer se reflejaba en la decoración y el estilo, que con mucha pena veo hemos perdido con modernidades como el Transantiago. Las orugas celestes ya no llevan calcomanías con “Dios es mi copiloto” o “Sólo Dios sabe si regreso a casa”, ni tienen espejos forrados en animal print de leopardo, ni llevan la palanca de cambios con un insecto embalsamado. Ni hablar de la toalla estampada de flores en verano que absorbe los sudores de veranos sin vacaciones, ni de escuchar a los hermanos Bustos en sus parlantes, cosa que de verdad echo de menos.

Y el tap tap señores, es un transporte carretiado, con muchas horas de ripio y pocos repuestos, por lo tanto, el tap tap caga, y esa weá se asume como parte del recorrido, y si hay que bajarse a empujar, pues nos bajamos; y si hay que cambiarse a otro porque éste ha fallecido, pues te cambias. Sin alegar ni poner cara de culo, la boca llena de risa y subirse al que sigue.

Andar en tap tap no es fácil, y a diferencia de lo que pasa en la hora punta del Metro, no se empujan, ni se pegan codazos, ni se avivan con el asiento reservado para embarazadas. En el tap tap los weones se dan el tiempo de pedir al chofer que no parta todavía, porque la vieja aun no se sube, porque la mamá con sus niños necesita bajar. Se apretujan lo que más pueden para que tú vayas sentado; y lo más insólito de todo: cuando se bajan, pagan. A diferencia del cara-de-rajismo chileno, que evade pasajes como si fuera lo que hay que hacer. El sueldo mínimo en Haiti no supera las 60 lucas chilenas, pero los haitianos pagan sus pasajes. No tienen aire acondicionado y se les revientan las espaldas con tanto “evento” en las calles, pero el haitiano, paga su pasaje.

 

**Mi viaje y estadía en Haití son parte de un proyecto colaborativo entre The Melton Foundation y Fundación América Solidaria Haití, para capacitar a sus voluntarios y staff en temas de comunicación estratégica que permita apoyarlos en la difusión y sustentabilidad de la labor voluntaria que realizan en 17 proyectos de salud, desarrollo productivo y educación; con especial foco en población infantil y adolescente en los que trabajan 19 profesionales voluntarios y 6 profesionales como parte de un equipo ejecutivo en colaboración con diversos socios territoriales y organizaciones de carácter local e internacional.  Esta serie de relatos acerca del viaje no representan necesariamente el pensamiento de ambas organizaciones y son de mi entera responsabilidad**