Relaciones, TV

La conchijunta hortelana

Hoy vimos un capítulo de El Gran Truco que nos sacó los choros del canasto, y nos sacó los choros del canasto porque en algún momento nos identificamos, y nos dimos cuenta de que al menos en una ocasión de la vida fuimos esa conchijunta hortelana que no come ni deja comer.

En El Gran Truco, un joven e ingenuo Randy de 23 años, guata parrillera, ojos dulces y barba miel moría de amor por Valery, una de esas zorras encubiertas que no se ríen nunca, pasan la vida agrias y disfrutan del pequeño universo de poder que les da saber que un hombre bueno las ama por sobre todas las cosas, y que sin importar lo que ellas hagan, él la seguirá amando. Entonces el joven Randy hace lo que sea por un beso, su primer beso, que sueña con la conchijunta hortelana, que pese a tener muy claro que no lo ama y no lo amará nunca, es muy conchadesumadre y no es capaz de decírselo a la cara y dejar que ese pequeño pollo salga de ese martirio, pase su duelo y finalmente no sólo se enamore de una que sí lo quiera, sino que en el proceso obtenga todos los besos –y polvos- que esa barba dorada y anteojos hipster se merecen.

¿Y por qué odiamos a Valery? Porque somos lo que odiamos, y todas alguna vez hemos sido esa zorra infesta que no come ni deja comer, así como también hemos sido ese pobre y enamorado Randy, y nos han tenido ahí, con la soga al cuello sin amarnos, en la lista de espera, para cuando ese otro esté listo, esté seguro; y ese día nunca llega, pero ese otro nos embolina la perdiz con su amor incondicional más no corporal. Las listas de espera en el amor son más deseperanzadoras que las del Auge. Y no por nada, los besos en la frente son el beso de Judas.

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Entonces no soportamos ver nuestras historias reflejadas en esa puta TV en HD, y menos aun darnos cuenta que ese Randy que creíamos tan pavo, una vez que eliminó a Valery de su cerebro y desbloqueó la obsesión de ese amor imposible, fue y se agarró a la primera mina que le pasó el hocico, en una fiesta fue y se agarró a la primera disponible, porque Randy ya no tenía el ángel malo en la cabeza que le guiaba la razón, la conchijunta hortelana perdió como en la guerra, porque las obsesiones no son amores, y cuando nos liberamos de ellas: respiramos.

Randy nunca dejará de ser el perdedor romántico, pero al menos gozará de la libertad que te da la patá en la raja de tu verdugo, será capaz de engrupirse minas y hasta de enamorarse de algunas otras, porque zafarse del yugo del victimario de tu cerebro es siempre una acción valiente y dolorosa, pero que siempre obtiene su recompensa.

Y Valery? Valery llorará unos días, pero no por amor, sino por orgullo, le dolerá su ego, y creerá que la cagó. Pero no, la verdad no la cagó, no perdió al hombre de su vida, porque nunca lo fue. Sí, fue un hombre que la amaba, pero seamos honestos, el amor nunca ha sido suficiente.