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LA JAURÍA: lo que no vi cuando la vi

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Vi La Jauría la semana pasada, no quise escribir inmediatamente, algo me dijo que no lo hiciera, que necesitaba decantar, pensar y luego escribir… y sí. Porque en primera instancia me pareció entretenida, un thriller que efectivamente te tiene pendiente; pero al pensarla dos veces ya ves otras cosas, que al menos para mí son mucho más importantes; y es que no puedo dejar pasar el hecho de que se retrate a los abusadores de mujeres como weones intelectualmente superiores, capos, unos maestros de la manipulación emocional; porque si bien sabemos que no es un documental ni un estudio científico, y que hablamos de ficción, lamentablemente hay patrones que van quedando en la cabeza de quienes las ven.

Un abusador sexual puede ser un super capo, sí. Pero también puede ser un weón cualquiera, el tío de cualquiera, el curita de cualquier pueblo, el tío del furgón, el weonao de la cuadra, el jefe de tu hermana, tu padrastro, el director de cine o el guardia de la disco.

Cualquiera puede ser tu agresor, y no necesita de una red de imbéciles inculiables metidos en un juego nerd, que no se los comería ni tu amiga más califa con ochenta piscolas encima. No necesitan esa red de parásitos de la paja, porque para eso ya cuentan con una sociedad entera que va a culpar a la mina “por dejarse culiar”, por “andar curá”, porque “le gustaba el güeveo” o porque “era una loquilla”.

Y quiero ser enfática en lo de cualquiera, porque al final, para muchos, así como la ocasión hace al ladrón, parece que al violador también; entonces somos nosotras las que andamos provocando weás, que los violadores se exciten con una mujer borracha, drogada o inconsciente es problema de las zorras sexys que andamos con escote mostrando las tetas, porque obvio que si no me quieren violar estoy fallando como símbolo sexual, y esa weá en esta cultura es pecado mortal. Una mina deja de depilarse las axilas y le salen con que nadie se la va querer culiar así. MENOS MAL, weón! Un riesgo menos de que me culeen a la fuerza.

Entonces veo La Jauría y todo me parece tan falso, tan maqueteado, tan alejado de la realidad. No me es posible creer esas “manifestaciones” en el colegio cuico con cánticos feministas aprendidos de memoria, pañuelos verdes súper planchados y nuevos; se me hace lejana, estereotipada y contraproducente a la larga. Me entretuve, la vi completa con curiosidad, pero me deja un sabor amargo al final, allá atrás en la lengua, cuando la pienso dos veces ya me parece intrascendente y hecha para vender, y puta que ha vendido, y eso me parece bien, pero quizás no tan bien.

Y cuando veo a los pendejos involucrados en la agresión sexual, que los dejan como unos weones cabros chicos que no sabían lo que hacían, y que finalmente sus padres fachos, milicos, prepotentes y dictatoriales deben hacerse cargo. Pues no. No son pendejos y sí sabían exactamente lo que hacían. Lo planificaron, lo conversaron, hubo premeditación y alevosía.

Y creo que los padres son por lejos lo más creíble, padres y madres capaces de cubrir los delitos de sus hijos contra mujeres porque son igual de machistas que las bestias que criaron.

Los colegios son otro foco, no es necesario que el director del colegio esté metido en tráfico de menores para que decida no prestar atención a las quejas de sus alumnes; ya hemos visto como sistemáticamente en Chile, colegios y universidades han desestimado las acusaciones de abuso hechas por alumnes y eso fue lo que desencadenó la primera marcha masiva feminista en el país en el 2018; porque lo vivimos todos los días, porque te roban un celular y de inmediato te dicen que vayas a la denunciarlo a los pacos; pero si te violan lo mejor es tomarlo con calma, darle una vuelta, no vaya a ser cosa que tú lo hayas malinterpretado, y cuando por fin logran denunciar, el paco culiao te manda de vuelta pa la casa a ponerte en la buena con tu marido.

Sin duda, en esta columna se me mezclan los sentimientos de frustración profunda por la contingencia y el caso del violador Matrín Pradenas y lo que vi en la serie; pero me parece que todo radica en la chilenísima cultura de la violación, donde una mujer abusada es primero ignorada, luego traicionada por su entorno, inmediatamente cuestionada y finalmente abofeteada por el sistema judicial.

No creo que la serie haya sido creada con mala intención, sin duda que no; y de verdad creo que fue un intento de visibilización de la violencia de género; pero creo que en el desarrollo cayeron en los vicios de un país machista donde el abusador puede ser un animal asqueroso, pero igual va a ser máh vivo que voh, cabra weona.