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Maite Lanchares escribe: «Los verdaderos juegos del hambre»

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Maite Lanchares es de las comediantes chilenas que me gusta ver en vivo, una de las más lúcidas; generosa, honesta y con sobrepeso, lo que la hace maravillosamente perfecta. Fuma mucho, toma harto y baila bien, pero bien, bien apretado. Se ve como una reina pero ella es de allá, de ustedes, de la galería.

La puedes seguir en twitter como @maitelp y leer en forma frecuente como colaboradora en el blog La Betty Rizzo

 

LOS VERDADEROS JUEGOS DEL HAMBRE

Desde que tengo memoria vivo en un culto al cuerpo perfecto que no tiene nada que ver con las proporciones del código Da Vinci ni menos con el cultivar una vida sana y sangre liviana corriendo por tus venas. Básicamente se trata de que mientras más flaca, más linda y más feliz.
Después de 35 años intentando mantenerme en el peso perfecto y en  un IMC «normal» he llegado a la hermosa y terrible conclusión de que nadie, nadie en este mundo está contento con su cuerpo, hasta la modelo más perfecta tiene chuecos los dedos de los pies.

Criarse en un mundo en el que los maniquíes son talla 34, es decir, un forma socialmente imposible de encarnar, te caga la cabeza y tu imagen externa de una forma u otra.

Yo con diez kilos más o diez menos, me miro en el espejo y me encuentro igual. Igual de flaca. O igual de gorda dependiendo el día del ciclo menstrual. Pero díganme, ¿a quién no le ha pasado que ve un maniquí y decir «quiero verme así» y sale del probador llorando?

Las flacas alegan que son demasiado flacas y tienen que comprar en el departamento de niños de las multitiendas, las gordas alegan porque no quieren ponerse las carpas de la sección extra lindas. Ni con el nombre convencen. Somos todas infelices.

Amo comer, soy de la hermandad del raspado de olla y no me cabe en la cabeza que alguien pueda comprar un chocolate y comer SOLO UN PEDAZO. Yo me como la barra entera y puedo mezclar dulce y salado en una misma tirada alimenticia y soy tan feliz en ese momento que no pienso en el parte de matrimonio que me acaba de llegar y menos en el vestido en el que espero entrar en un mes más: una semana antes llega la revelación de la gordura, no hay tiempo para ayunar, no hay ganas de pasar hambre, el vestido no entra y PAH! DRAMA.

Desde que tengo memoria hago dieta, las hice todas. La de la luna, la del astronauta, la sacar dale, la de la sopa, la del repollo, la de la manzana, la de los vasos de agua en ayuna, el conchayuyo, cereal adelgazul, té verde, té rojo, té blanco, spirulina, efedrina, sibutramina, hasta viví la experiencia herbalife. Todas y cada una abandonadas en el día dos para entregarme en los brazos de un churrasco italiano.

Si, también intenté el deporte.

Inscribirse en un gimnasio debe ser una de las derrotas más grandes que sufre uno como ser humano…gordo.
Inscribirse en un gimnasio significa que te rendiste. Que tu aparato digestivo se rindió, tu voluntad se rindió, la gravedad se rindió.
Tal es mi deportefobia que me demoré diez meses en cachar que había un gimnasio a una cuadra de mi casa.
Me gustó. Me gusto porque estaba lleno de gordos en igualdad de condiciones.

Me inscribí en zumba porque creo firmemente que si me camuflan el deporte podré soportarlo más de un mes. Entré a la primera clase, en diciembre. Las viejas que habían tomado el ramo se sabían todas las putas coreografías y si no me muestran cómo se hace me frustro. Las viejas bailaban, el profesor bailaba y yo no lo podía seguir porque estaba atrás y delante mío había siete filas de guatonas que no me dejaban ver, el profesor no me estaba enseñando ningún deporte y para ver a un hueón bailar? Voy a un martes femenino o en el más cultural de los casos; compro un abono en el municipal. Así que salí de la clase, fui a la recepción, y le dije al recepcionista que me me había inscrito en la clase pero no me estaban enseñando a hacer ese deporte y que que podía hacer. El musculín me mandó a las máquinas. Odio las máquinas porque siempre me cagan con las fichas, me pongo a llorar no sin antes aclarar que no estoy con la regla.

Trece años capeando las clases de educación física del colegio para que la educación física me traicione en mi peor momento, cuando mi autoestima está en el suelo.
Abandono el gimnasio con el sudor de mi dignidad corriendo por mi frente. Prendo un cigarro, voy a la heladería más cercana y mientras elijo los sabores del helado que bañaré en chocolate y crema, me agarro la guata y me digo «no importa, es cosa que baje mis espectativas; alguien me va a querer así».

Y así fue, alguien me quiso y alguien me dejó de querer en lo que dura una chorrillana.

Hay un texto maravilloso de El Diablo se Viste a la Moda en el que una de las asistentes dice «estoy a una diarrea de mi peso ideal». Pues bien, para mi funciona así pero con los fracasos. La pena del amor perdido es la única cosa en el mundo que me quita el hambre. «Estoy a un saco de huea de mi peso ideal» , siempre.

Hace poco, lloraba en una heladería. Una amiga me abraza y me consuela. Me incorporo y le digo «Menos mal que esta hueá me pilla me flaca porque a la hora que estoy gorda, Concha de tu madre, no sería capaz de soportarlo»

Otro helado?
Otro helado.