#RutaDeLaCafetería, Comida, Mi experiencia

#RutaDeLaCafeteria : Por los huevos del Café Colonia

cafecolonia

Café Colonia, McIver 161, Santiago Centro

Entrar es como la máquina del tiempo de Marty McFly, como retroceder 50 años y además cambiarse de ciudad. Entrar es como pasar por Valdivia o Puerto Varas, pero en pleno centro de Santiago, la capital del Reyno.

A diferencia de los cientos de cafés con piernas que lo circundan, las meseras son señoras, señoras maduras en delantales alemanoides, de tiara y blondas blancas. Y también a diferencia de sus pares con piernas, el público del Colonia no son weones califas dispuestos a pagar más caro por un café para ver si logran agarrar una teta, acá los señores vienen con sus señoras a tomar once. Una de las señoras en una mesa vecina le dice a su marido, pasadas las bodas de oro: “Cuando salgo a restoranes soy lo menos moderna que hay, pagas tú”.

El lugar está colmado de tatitas, de esos que probablemente llevan años viniendo y han comido sobre los mismos manteles de telas motudas por decenios. No podía entonces, pedir otra cosa algo que no hacen en ninguna otra parte: huevos a la copa, conchatumadre!

La carta me tentaba con la leche con frambuesas, pero como era de esperarse, no había. Tuve que conformarme con un jugo de naranja-plátano más pequeño de lo que debería.

Pero volvamos a lo importante: los huevos a la copa. Agarré las tostadas las desmenucé en pequeños trocitos que eché dentro de la copa que después revolví para mezclar con los huevos. A la primera  cucharada cagué, me fui a la mierda, me resucitaron los sentidos y me sentí como sentada en el piso del living de mi mamá, con la espalda en el sillón viendo Salvado por la Campana y enamorada de Zack Morris, y mi siempre maravillosa nana Leontina llevándome once en un Temuco lluvioso de invierno.

Supongo que ya me importaba una mierda la florería de plástico del segundo piso, o el hecho de que no hubiera música, o que el mantel fuera el de mi abuela en los 80s. Esos huevos a la copa eran más baratos que una sesión de psicología regresiva. Yo olía mi pasado, y los tatitas vivían lo que les quedaba de futuro.