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#RutaDeLaCafeteria : RendeBú

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Café RendeBú / Av. Hernando de Aguirre 3645, Providencia, Santiago

Partamos por decir que eran las 7pm, iba sola y decidí ocupar una mesa para seis, porque yo necesitaba leer y escribir y solo ahí había suficiente luz; además estaba cerca de la calefacción en la terraza, y nadie me huevió.

Pedí una tetera, té de bergamota con naranja y llegó en una teterita vintage metálica roja y taza transparente ¡sí! Ya tenían un 50% de mi amor ganado. El resto lo hacían la decoración ecléctica, y hasta un coche de guagua de los años veinte figura como macetero; entre cine B y romance veraniego en sepia.

Pedí un cheescake de arándanos, pero no tenían y tuve que conformarme con el de frambuesa. Cremoso y sin excesos. Especial para paladares que aprecian que el relleno no te agarre a patadas el hígado.

Algo lindo de RendeBú, divide su carta en una pizarra colgada en la pared que estipula:

–          Para el alma (con listado de café y té)

–          Para el cuerpo (con variedad de dulces, sándwiches y ensaladas)

Vi los sánguches que sirvieron a la mesa vecina, y te digo que volveré a por ellos. Pero no fue lo único tentador de la mesa de al lado.

Debe haber estado bueno el cheescake, desafié la ley de gravedad y manché mis dedos con dulce de frambuesas para rescatar un trozo que quería llegar al suelo. El instinto de supervivencia fue mas fuerte y demostró el verdadero valor de ese simple pedazo de dulce.

Pero vamos a lo importante, la mesa vecina. Una pareja de amigas cuya historia fue más interesante que leer el libro que llevaba bajo el brazo. Ella explicaba cómo sapeaba a sus prospectos y a sus ex por Facebook, y cómo los psicopateaba por Google. Ella vive en el extranjero y sueña con encontrarse a su ex cada vez que viene de visita a Chile, la pobre no lo ha logrado. ¿Cuánto tiempo puedes ser amiga de la hermana de tu ex? Fue la pregunta existencial con que me dejó esa mesa vecina.

Y referirse a la exposa de tu ex como “la loca” me pareció notable, casi tanto como su próxima pregunta: “¿qué va a pasar el día que me cache sapeándolo?”. Grandes preguntas que surgieron en menos tiempo del que demoré en comerme el cheescake.

“Estoy chata de ver guaguas en Facebook”, “Yo rezaba, iba a misa los domingos, pero ya no”, decía la que podría haberse convertido en amiga entrañable, pero que no fue más que la vecina a la que sapié yo.

Descubro entonces, y una vez más, que ir a una cafetería es tanto más que tomar café.

Y no quisiera irme sin declarar que el mesero hizo la mejor recomendación de bares que le he escuchado a alguien en Santiago. Se ganó la propina. No me jodió.

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